English Imagen: Escuela Tecnológica Instituto T&eacutecnico Central. Establecimiento Público de Educación. Colombia

Reflexiones en Tiempos del Coronavirus

Hno. Ariosto Ardila Silva

Segunda reflexión: la muerte, máxima entropía para la vida

“A veces parece que frenar la entropía es nuestro quijotesco empeño en el universo”, lo afirmó James Gleick. En medio de las leyes naturales vivimos buscando excepciones, extensiones y excusas. Las leyes de la naturaleza siguen marcando los límites de lo permisible, pero la vida florece, en su infinita rareza. ¿Qué seriamos nosotros sin la muerte? No se contenta de librarnos del ego – lo que ya es bastante -, sin la muerte no hay nada, no hay mundo humano, no hay ni familia, ni sociedad, ni patria, ni cultura, ni seguramente el algoritmo del amor. Para el creyente, sin la muerte no hay ni redención ni salvación. Sin la muerte sólo existe la nada.

Cada uno de nosotros anticipa sus éxitos (invierte toda su vida en la llegada del por-venir) que la muerte puede interrumpir en un instante. Es así que, según Heidegger, el hombre es el ser que va al encuentro de la muerte (ser para la muerte); no el ser que debe morir, sino el ser para quien la muerte es lo posible conocido e incierto de cada segundo. La muerte, escribe Heidegger, como fin del Dasein (ser ahí) es la posibilidad absolutamente propia, incondicional, irrebasable, segura y, como tal, indeterminada, insuperable del Dasein, es decir, el surgimiento de la pura y simple imposibilidad del ser ahí.

A comienzos del siglo XIX, Xavier Bichat, en sus memorables indagaciones fisiológicas sobre la vida y la muerte, se dedicó a demostrar la precariedad de lo viviente, la rareza de la vida en el océano de lo inerte: “Tal es, en efecto, el modo de existencia de los vivientes donde todo lo que los rodea tiende a destruirlos”. Y prosigue Xavier Bichat: la vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte. La vida es el principio de resistencia mientras que la muerte es el principio universal de destrucción. La especie solo sobrevive porque los individuos perecen.

Por medio de las ciencias, las filosofías y las religiones, la muerte, que por sí misma no tiene ningún sentido, adquiere el sentido que los hombres le confieren: un sentido social, un sentido de institución cada vez diferente de una sociedad a otra, para conjurarle el horror (toda cultura es, entre otras cosas, una tentativa por domeñar la muerte), un sentido espiritual, igualmente. La muerte por cierto no tiene sentido; sin embargo, este sinsentido representa la fuente del sentido y de los valores que así nacen al borde del abismo.

Nacer, vivir, morir, disolverse en la gran continuidad del universo, es claramente cambiar de forma. La vida y la muerte se intercambian, el nacimiento y el deceso también. Lo inerte está vivo a su manera: “es preciso que las piedras sientan”, profesa Leibniz y, “se hace mármol con la carne y carne con el mármol”, prosigue Diderot. La muerte no es el fin, el término de la vida; es solo el fin de la vida individual, del compuesto de materia que somos; la muerte debe considerarse como el regreso al gran juego de la vida universal.

A algunos les parecerá muy curiosa la afirmación: ya no creemos en la muerte. A pesar de que todos sabemos que un día vamos a morir, ya no creemos lo que sabemos. El olvido de la muerte se muestra en la siguiente constatación: la muerte ya no es un evento que se prepara. La preparación es estar listo. Pronto para un gran día, tan grande como recibir un título, tan grande como el del nacimiento. Yo sé que voy a morir, pero no creo en ello - ¡por esa razón no me preparo!

Sí, a fuerza de mirar la televisión corremos el riesgo de olvidar morir, a fuerza de navegar en internet, a fuerza de descargar videos y fragmentos musicales, a fuerza de mirar partidos de fútbol y de escuchar música, en síntesis, a fuerza de estar conectados continuamente al mundo entretenido de lo virtual. No es como creían Montaigne y Pascal, que el entretenimiento nos aleja del pensamiento de la muerte, es mucho más grave, nos aleja de morir. Ciertamente, entre Pascal y nosotros el entretenimiento ha cambiado de forma y de dimensión. Se ha vuelto industrial y sistemático. Ahora, este invade nuestra intimidad por transfusión, por medio de toda una serie de aparatos a los que conectamos nuestro ser en continuo.

Introducción 
Primera reflexión: la neguentropía de la vida
 
Tercera reflexión: este es un instante decisivo en la historia del planeta tierra 
Cuarta reflexión: ¿qué hacer en estos momentos?