English Imagen: Escuela Tecnológica Instituto T&eacutecnico Central. Establecimiento Público de Educación. Colombia

Reflexiones en Tiempos del Coronavirus

Hno. Ariosto Ardila Silva

Primera reflexión: la neguentropía de la vida

Entre los espantos hay uno que Pascal fue el primero en descubrir con toda la fuerza de su elocuencia: la soledad del hombre en el universo físico de la cosmología moderna: “abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto”. Que me ignoran: más que la aplastante de la infinitud de los espacios y tiempos cósmicos, más que la desproporción cuantitativa, más que lo diminuto del hombre como una magnitud dentro de esas dimensiones, es el silencio, es decir, la indiferencia del universo frente al hombre, por el hecho de que aquello en cuyo seno se desarrollan todas las cosas humanas y nada sabe acerca de ellas, lo que provoca la soledad del hombre en la suma de la realidad. El universo y la naturaleza no ofrecen sentido al hombre, nos corresponde encontrarle sentido al cosmos, a la naturaleza y a la vida, esa es nuestra misión cósmica.

Desde una perspectiva biológica y cósmica, la pretensión del ser humano de ocupar un lugar de excepción en medio de lo existente, es decir, ser en cierto modo el centro del universo, puede parecer arrogante. Nos preciamos de ser miembros de una especie que, aunque hecha de materia del universo, evolucionó en un sistema solar hasta llegar a ser consciente de su existencia y de la existencia a su alrededor del mundo viviente y no viviente. Pero ni la tierra ni el sol, ni la vía láctea son el centro del universo, porque el propio universo no tiene en realidad ni centro ni orla. Esto debe llevar a la humilde aceptación de que probablemente ni la vida ni el ser humano son importantes para la economía del universo. Ni siquiera estamos compuestos de lo más abundante como son materia oscura y energía oscura. Y tampoco el origen de ese hecho rarísimo que parece ser la vida fue exclusivamente humano, los humanos somos tan sólo uno de los muchos productos de la selección natural, tal vez por eso no seamos tan especiales.

El filósofo Alemán Hans Jonas establece que, a diferencia de la relación pasada del hombre con la naturaleza, en la actualidad el hombre se está convirtiendo en una amenaza para que la vida prosiga su curso evolutivo en el planeta, atentando no sólo contra la existencia, sino contra la esencia de él mismo. Este panorama sombrío requiere una nueva ética orientada hacia el futuro, una “ética de la responsabilidad”, que implique entre otras cosas, conservar este mundo físico de tal manera que permanezcan las condiciones necesarias para la vida, lo que significa protegerlo en su vulnerabilidad contra cualquier amenaza que ponga en peligro esas condiciones.

Los seres vivos para Jonas no funcionan solamente como sujetos pasivos, cumplidores de órdenes, sino como fuerzas generadas por intereses intrínsecos que cumplen; esto sucede desde microorganismos, plantas, animales y seres humanos. Entre todos los fines, afirma Jonas, se puede señalar la existencia de un fin común a todos los seres vivientes: el interés por la vida. Así sea la estructura de un microorganismo, en sus movimientos, siempre se encuentra una motivación primera: el deseo de seguir conservando la vida. Jonas no concibe un ser vivo que no desee conservarse como ser vivo, lo que significa que como individuo ontológico, su existencia, su duración y su mismidad son su propia función, su propio interés, su propia actividad continua. Todos los organismos vivos están de acuerdo en que es mejor estar sano que enfermo, vigoroso que débil, bien dotado que mal dotado para la vida; en conclusión, es mejor ser buenos que malos individuos de su respectiva especie, cualquiera que esta sea. Lo mismo vale para los humanos.

Vivir para Jonas, es desear vivir y, por lo tanto, esforzarse por mantenerse en vida. El esfuerzo por vivir radica contrariamente en evitar la muerte, conservar ese paso en la continuidad de lo inorgánico a lo orgánico, de lo inerte a lo vivo. Puesto que la vida es el fin primero, vivir en libertad es el fin ontológico del proceso evolutivo de la naturaleza, de donde se puede concluir que la mayor revolución ontológica de la historia se generó del paso de lo inerte a lo orgánico, de lo que siempre es a lo que puede no ser. En el caso del hombre, si la vida humana tiene un valor intrínseco es debido no al atributo de su humanidad, sino a su vitalidad de pertenecer a lo vivo; ésta vitalidad es una autoevidencia que se puede constatar por el hecho de que el ser humano también es un organismo vivo.

El principio vida es una teoría de ontología, lo que equivale a decir que es una teoría del ser, pero la estructura de ese ser es por esencia viva y dinámica, donde ha primado lo orgánico sobre lo abiótico, el ser sobre el no-ser. Es básicamente una ontología de lo vivo, de lo biológico, abordada por Jonas desde el dinamismo teleológico mediante la libertad. Jonas sostiene que el fenómeno de la vida consiste en una dialéctica inseparable entre libertad ontológica y necesidad biológica. Aunque la libertad es una facultad independiente, esta está limitada por la materia y la necesidad de mantener la vida. Pero esta fundamentación es aplicable a todos los seres vivos, abarcando desde los virus hasta los mamíferos. La libertad aplicada a todos los organismos vivientes es la dinámica de interacciones internas y externas que hacen que un ser sea viviente y se mantenga vivo.

Introducción 
Segunda reflexión: la muerte, máxima entropía para la vida 
Tercera reflexión: este es un instante decisivo en la historia del planeta tierra 
Cuarta reflexión: ¿qué hacer en estos momentos?