English Imagen: Escuela Tecnológica Instituto T&eacutecnico Central. Establecimiento Público de Educación. Colombia

Reflexiones en Tiempos del Coronavirus

Hno. Ariosto Ardila Silva

Cuarta reflexión: ¿qué hacer en estos momentos?

Existen muchas alternativas, como nuevos mundos son posibles. Lo cierto es que la sociedad del rendimiento capitalista propicia el exceso de trabajo, hasta el punto de que da estatus vivir ocupado a todas horas. Se piensa que si una persona trabaja en exceso es que es importantísima. Perdemos cada vez más los límites del horario laboral, entre otras cosas porque la hiperconexión y la adicción a los teléfonos inteligentes permiten que la gente siga solucionando problemas laborales en las horas donde debería tener tiempo para ser y para la vida en familia. Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad sino el imperativo del rendimiento; como lo manifiesta Byung-Chul Han, el exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación, siendo más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada por sentimientos de libertad.

Como ha hecho notar Rutger Bregman, lo que prometía la revolución industrial era más tiempo libre, hasta el punto de que Keynes pronosticó que en 2030 la jornada laboral sería de 15 horas a la semana. Pero no, todo lo contrario, aumentamos las horas laborales. La consecuencia es que la calidad de vida sufre un enorme empobrecimiento. Si la persona trabaja diez o doce horas diarias, y a eso suma el tiempo de desplazamiento en nuestro limitado transporte público, y un mínimo de oficios domésticos, las formas de recreación compensatoria serán las más pobres y livianas: ver cualquier reality en los canales comerciales antes de quedarse dormido. Difícilmente habrá tiempo para el deporte, la música, la poesía, la literatura, y la filosofía, fundamental en el desarrollo del pensamiento crítico y creativo, y en la búsqueda de sentido; no habrá tiempo para relacionarnos con la naturaleza, tomarnos un café con un amigo o un desconocido. El ocio no es, como dice el adagio, “la madre de todos los vicios”, sino el espacio para la creatividad, la meditación y la contemplación, tan criticados por los que sólo piensan que “el tiempo es oro”. Perder el tiempo, no hacer nada, es también vivir.

Un antiguo proverbio africano dice: “Si queréis ir rápido, id solos; si queréis ir lejos, id juntos”. nosotros tenemos que ir lejos y rápido. No tenemos tiempo para la desesperanza. ¡Las soluciones están a nuestro alcance! Tenemos que decidirnos y actuar de inmediato. Hemos llegado a un momento singular de la historia humana. Nuestro hogar y nuestras vidas corren un grave riesgo. Desde luego lo que está en peligro de ser destruido no es la tierra misma, sino las condiciones que la han hecho habitable a los seres humanos y a las otras formas de vida, comenzando por los organismos más primitivos como son nuestras abuelas las bacterias, pero no menos complejas que nuestras vidas. Sin embargo, tenemos que cambiar algo más que nuestras bombillas y nuestras ventanas, debemos cambiar nuestras leyes y nuestras formas de pensar y de actuar.

¿Y desde la educación? Todos los hombres por naturaleza tienen el deseo de saber. Las sensaciones generan placer, al margen mismo de su utilidad, dice Aristóteles. Este placer de la sensación inútil explica el deseo del saber por saber, de saber sin finalidad práctica, Según Aristóteles, la ciencia se da en los lugares donde se propicia el ocio. En las instituciones educativas no tenemos los espacios y tiempos para el ocio, condición fundamental para la producción de ciencia, pensamiento crítico y creativo. En las condiciones actuales sostener que el saber puede ser inútil y que su emergencia sucede en espacios de ocio, es poco menos que un insulto a la sociedad, a las instituciones, al capiatlismo fianciero, porque el “tiempo es oro”, y nadie está dispuesto a pagar por no hacer nada, además el producto de la razón debe ser útil y productivo.

Todos podemos suscribir la sentencia más revolucionaria del siglo XX, la de los muchachos franceses que escribieron en los muros: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Nunca como en esta época es tan necesario pedir lo imposible. Los discursos geopolíticos, biopolíticos y psicopolíticos de la mundialización y la globalización están haciendo que formemos ejércitos de sujetos tecnológicamente homogéneos, que vivan una misma monocultura, una sola forma de habitar el planeta a través del consumismo, una misma forma de comunicación a través de las redes, una misma forma de pensar por medio del saber racional instrumental, una misma forma de vivir. Pidamos lo imposible porque otros mundos son posibles, otras formas de vivir, otras formas de pensar, de comunicarnos. Nos predicaron y nos impusieron la globalización: ahora es el deber de cada uno salvar la casa de todos, y no serán las multinacionales las que nos dirán cómo hacerlo. El capitalismo que hay que derrotar está en nosotros: somos sus trabajadores y sus consumidores, somos sus electores y sus tributarios.

Por último, Ludwig Philipp Albert Schweitzer nunca se cansó de repetir estas palabras: “debemos reconocer sin falta que la raíz de todas las catástrofes y desgracias que nos aquejan es que carecemos de una visión del mundo; y aunque no propuso una visión del mundo completamente nueva, destacó un elemento que debía hacer parte de ella: la reverencia por la vida. “Hasta que no extendamos nuestro círculo de composición a todos los seres vivos, la humanidad no hallará paz”. “Yo soy vida que desea vivir en medio de otras vidas que también desean vivir”. “El respeto por la vida es el principio más alto” (Albert Schweitzer). Parafraseando a T. S. Eliot: “una concepción errónea del universo entraña en algún punto una concepción errónea de la vida, y el resultado es un desastre inevitable”. Hoy es más actual que nunca el profético grito del poeta: “¿Dónde está la vida que hemos perdido al vivir? ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?”.

Introducción 
Primera reflexión: la neguentropía de la vida
 
Segunda reflexión: la muerte, máxima entropía para la vida 
Tercera reflexión: este es un instante decisivo en la historia del planeta tierra