English Imagen: Escuela Tecnológica Instituto T&eacutecnico Central. Establecimiento Público de Educación. Colombia

Reflexiones en Tiempos del Coronavirus

Hno. Ariosto Ardila Silva

Primera reflexión: la neguentropía de la vida 
Segunda reflexión: la muerte, máxima entropía para la vida 
Tercera reflexión: este es un instante decisivo en la historia del planeta tierra 
Cuarta reflexión: ¿qué hacer en estos momentos?

Introducción

Aprender a vivir es aprender a morir. El arte de aprender a vivir debería ser la pretensión principal de cualquier nivel o tipo de educación. Aprender a vivir es dejar de temer en vano los diversos rostros de la muerte o, sencillamente aprender a superar la banalidad de la vida cotidiana, el aburrimiento y el tiempo que pasa, es lo que sugiere el pensador francés Luc Ferry. Vivimos ya con varias verdades biológicas, no muy agradables para el hombre: la vida es un accidente biológico, frágil, vulnerable e incierta, pero la muerte es la más innegable o ineluctable. Ante la muerte se propone por parte de la ciencia, la religión y la filosofía, la salvación. Las religiones se definen así mismas como doctrinas de salvación a través de Otro, mientras que la ciencia y la filosofía proponen una salvación por uno mismo. Algunos grandes maestros en la historia de la humanidad han propuesto con sus vidas, caminos para ir al encuentro del sentido profundo de la neguentropía de la vida, por ejemplo, Jesús de Nazaret, Michael de Montaigne, Blaise Pascal, entre otros.

El virus del coronavirus, ser viviente o simplemente una molécula, puede contribuir a que haya una continuidad entre la vida y la muerte de los humanos, y no es más que un conjunto de genes envueltos en una capa de proteína que, cuando penetra en una célula, se quita la capa y empieza a utilizar la célula para copiar sus genes y fabricar nuevas capas, y el resultado son millones de nuevos virus que salen de la célula. De esa forma, el virus reduce su ciclo vital a lo más elemental. Viven para infectar y reproducirse, e infectan y se reproducen para vivir; el virus no es bueno ni malo, cumple con su función de sobrevivir y reproducirse. Ha llegado hasta los humanos por alteración de los sistemas planetarios, a través de la tala de bosques, la pérdida de biodiversidad y, ante todo, por la domesticación de animales que, al alterarles su hábitat, se ven forzados a habitar ambientes humanos. Los virus, organismos vivientes o moléculas de proteína, siempre son exitosos y ganan la partida; no interesa que tengamos sociedades complejas con lo último en tecnologías emergentes, o una esperanza de vida ya superada por la programación del genoma humano; siempre estamos dependiendo de la naturaleza y, de acuerdo como vayamos cambiando, los virus y los patógenos van mutando. Pero el hombre sigue siendo el animal más destructor porque ha causado esas alteraciones en los ecosistemas.

La pandemia del coronavirus que se está presentando en la actualidad es un fenómeno normal entre las anormalidades de las distintas formas de ser y de estar el hombre en el mundo. Decía Theodosius Dobzhansky que, nada en biología tiene sentido, si no es la luz de la evolución. Significa que la evolución, la herencia, el medio ambiente y el azar, todo mezclado, permitirán que algunos humanos salgan avante o claudiquen ante este ribovirus. En la medida en que se avanza en edad, la selección natural deja de actuar y, por lo tanto, los individuos son más frágiles y quedan más expuestos a epidemias o pandemias como la actual.

El problema que tienen nuestras culturas es el horror al azar, o el sentimiento de desolación y carencia de sentido existencial que se seguiría de aceptar que en la naturaleza existe un azar real, es decir, ontológico. Azar y sentido parecen irreconciliables y, por lo tanto, las corrientes evolutivas que introducen al azar como una fuerza, deberían ser rechazadas para algunos. Pero el azar existe sin que con ello debamos renunciar a un sentido, por el contrario, la búsqueda de sentido debe estar vinculada a la temporalidad e incertidumbre de nuestra propia existencia.

Aceptar el evolucionismo nos facilitaría la comprensión científica de estos fenómenos naturales en una naturaleza en cambio permanente y, de la cual somos parte, lo mismo que sería la fuente de una ética solidaria con la vida en todas sus manifestaciones. El evolucionismo puede convertirse en el fundamento de una ética creativa que con sentido de responsabilidad social e individual abra posibilidades a futuro para el planeta en su conjunto. La vida descansa en último término en el hecho de que nada es completamente estable en la naturaleza; la vida se encuentra constantemente sometida a prueba entre las alternativas del ser y no ser. Nada es bueno o malo por naturaleza, las cosas son en sí mismas indiferentes, las acciones no son buenas o malas más que en la opinión que los hombres se forman de ellas. Aquí se encuentra la vida como un experimento con apuestas y riesgos crecientes que, en la libertad del hombre, llena de peligros, puede llevar tanto a la catástrofe como al éxito.

El neodarwinismo o teoría sintética de la evolución sostiene con Darwin que, la evolución es un proceso que implica dos fases: la primera es la producción aleatoria de variabilidad, en tanto que la segunda es la selección de las variantes que se adaptan al medio ambiente, y la eliminación de aquellas que no logran adaptarse. De esta forma, y según la terminología de J. Monod, la evolución implica una combinación de procesos de azar y de necesidad: la producción de variabilidad es el elemento aleatorio, en tanto que la selección es el elemento necesario.