English Imagen: Escuela Tecnológica Instituto T&eacutecnico Central. Establecimiento Público de Educación. Colombia

Palabras del Hno. Visitador con ocasión del Funeral del Hno. Isidoro Daniel Cruz Rodríguez

Apreciados Hermanos, Familia Cruz Rodríguez, amigos, amigas

Suele suceder que la muerte de los seres queridos nos reúne; a veces con más fervor que para celebrar la vida. Sin embargo, hoy, al despedir a nuestro Hermano Isidoro Daniel, lo hacemos para mantener vívida la memoria de quien el buen Dios nos permitió conocer y con quien caminamos parte del itinerario; con Isidoro, recordaremos con gratitud al maestro, al Hermano, al amigo, al compañero de comunidad, al colega de trabajo, al caminante incansable. Nos deja a sus 73 años, tras décadas de servicio educativo, especialmente entre los más pobres.

Siendo aún niño, llegó al Aspirantado del 20 de Julio en 1957. Hizo su Noviciado en 1962, aunque lo suspendió para regresar un año después. Conocido como “Ursus” por sus compañeros de formación, hizo el itinerario lasallista de los tiempos, hasta ser designado al Colegio La Salle de Villavicencio en 1968, la que sería su primera comunidad apostólica. Varios fueron sus destinos y los lugares de Colombia donde vivió apasionadamente la misión educativa.

Pero, si algo caracterizó la vida de nuestro Hermano Isidoro fueron los muchos años al servicio de la educación estatal, particularmente en los que fueron sus grandes amores misionales: el Instituto Técnico Central y el Tecnológico Dámaso Zapata de Bucaramanga. En el Técnico Central hizo todo el recorrido posible: profesor, director de grupo, Coordinador de Talleres, Coordinador de los estudiantes mayores, Vicerrector, y Rector de la Escuela Tecnológica – Establecimiento Público de Educación Superior.

Tres veces estuvo el Hno. Isidoro en esta benemérita institución y, en total, completó 19 años. Sus alumnos guardan del H. Isidoro el mejor de los recuerdos; el impacto en sus vidas se generó por una relación siempre respetuosa y firme, sin gritos pero con gran autoridad y misericordia -asuntos que era capaz de equilibrar con maestría, o mejor, al estilo de La Salle “con firmeza de padre y ternura de madre”. Tenía una gran capacidad para la escucha atenta y sin juzgar, consejero acertado, maestro claro, consejero clarividente, directivo justo. Los estudiantes que pasaban dificultades económicas -muchas veces hambre- siempre en él encontraron una mano generosa y fraterna. No fueron pocas también las cruces que vivió en el Técnico; muchas veces incomprendido, recibió los golpes duros de la envidia, la crítica injusta y severa, el anónimo cobarde, también la afrenta insidiosa y mal intencionada.

El Técnico siempre tendrá una deuda de gratitud con el H. Isidoro. A su gestión se debe el tránsito a la Escuela Tecnológica, así como la organización de los ciclos propedéuticos que devolvieron al Instituto el carácter que tuvo hasta el año 1931 del siglo pasado: una Escuela de Ingeniería. Fue ingente su trabajo para mejorar la planta física, la dotación de los talleres y laboratorios, el crecimiento de los programas de educación superior, los programas de bienestar para proveer suplementos alimenticios a los estudiantes, especialmente los de educación superior, que cansados de trabajar solían llegar mal alimentados a empezar sus jornadas académicas. Para los chicos del bachillerato también organizó la “Olla comunitaria” que proveía una colada que para muchos era el desayuno. Los chicos de entonces la bautizaron como “Chuchuguaza”.

El Dámaso Zapata de Bucaramanga también fue lugar de su cariño. Dos veces estuvo en el Tecnológico, donde fue Coordinador y Rector. Cercano a estudiantes y profesores, dejó una estela importante de ejecutorias y recuerdos. Numerosos eran quienes se le medía a acompañarlo a sus caminatas por Chitota donde bajaba y subía las miles de escaleras del borde de la Meseta hasta la Carretera a Suratá. Obviamente, a todos los dejaba regados por el camino.

Hace unos meses, más exactamente en febrero, tuvimos una charla larga. En esos días, yo había enviado un mensaje a los Hermanos con algunas consideraciones sobre nuestra presencia en el sector estatal y la importancia de continuar, pese a las dificultades. Me acuerdo de que, con palabras emocionadas y sentidas, lo cual no era común en él cuando expresaba su pensamiento, me habló de la importancia de defender las obras estatales donde hacemos presencia, y luchar para que el Distrito no cometiera “el error de entregar, salir y lamentarse”. Hablamos bastante sobre el tema y fue una ocasión propicia para saber algunos detalles de su trabajo con el Estado, de las dificultades vividas, de las incomprensiones soportadas, y del alto grado de presión experimentado, especialmente en los últimos años en el Técnico Central.

Sin embargo, no se quejó, al contrario, expresaba su inmenso cariño por estas obras que, como pocas impulsan y hacen patente la transformación de la historia y horizontes de los jóvenes, la movilidad social, y el mejoramiento de las condiciones de vida de familias enteras. Sí que lo sabemos quienes hemos tenido la bendición de trabajar con el Estado y en las obras populares. Lección para nuestros Hermanos jóvenes y para todos del inmenso bien que se hace y el impacto real de nuestra vida cuando se compromete en escenarios donde las dificultades abundan, pero también se experimenta la utilidad de una vida que se entrega con generosidad y la gratitud sencilla de la gente que solo puede reconocerlo con un gracias, una tarjeta, una sonrisa que manifiestan su corazón preñado de sueños y oportunidades.

Sin duda, para nosotros los Hermanos, este es un desafío enorme y una bandera que debemos honrar, que nos las han dejado hombres como Isidoro, Luis Alejandro Ruiz y Francisco Nieto: buscar nuevos espacios en la educación estatal, quizás hoy más angustiante en la ruralidad donde la escolaridad es poca y la calidad muy cuestionable.

El Hno. Isidoro estudió psicología. Más tarde hizo estudios postgraduales en educación. Como profesor, enseñó Religión, Ética y, lo que en otros tiempos llamábamos, “Comportamiento y Salud”. Impulsó la creación de nuevas propuestas educativas de avanzada y, en épocas en que los computadores eran todavía exóticos, logró crear currículos para la pedagogía de los Sistemas. No se contentó con crear el programa, sino que, con los estudiantes y con marchas de papel periódico se dotaron los primeros laboratorios del Técnico; eran, en su época, los más modernos del país.

Isidoro fue un hombre de pocas palabras, pero de gran testimonio, de compromiso en los proyectos educativos donde hizo presencia. Muy difícil trazar un perfil completo de su persona. En un intento reduccionista, podría señalar algunos rasgos: su mirada profunda y su tenue sonrisa, un hombre sin apasionamientos ni exageraciones emocionales, lo rodeaba un halo de misterio, irradiaba respeto y autoridad; sencillo en el vestir, de pocas cosas materiales, de fino sentido del humor, de inteligentes tomaduras de pelo, de silencios prolongados; comprensivo y tranquilo, de manos que enfatizaban el mensaje o que eran el mensaje mismo cuando no había palabras. Deportista consagrado y caminante incansable. En los últimos tiempos, hacía fácilmente 8 horas de caminata diaria. Así era, el Hno. Isidoro caminaba y caminaba, conquistaba cumbres, atravesaba valles, vadeaba ríos. También lo hacía con los corazones cuando señalaba horizontes y ayudaba a encontrar los caminos para avanzar.

Fiel discípulo de San Juan Bautista de La Salle: vivió a plenitud el “enteramente al servicio educativo de los pobres” y fue capaz de “no distinguir los deberes del estado con los de la propia santificación”. Además, cumplió hasta el final, corrió la carrera, entrega la posta, leal “durante toda la vida”.

La enfermedad lo visitó varias veces. Tenía su propia manera de manejarlas; prefería las medicinas alternativas sobre los tratamientos alopáticos. La Gota lo golpeaba con fuerza y en algunas temporadas casi lo doblaba. Por eso, caminar era su terapia más anhelada y, según él decía, la medicina que todo lo curaba. El infarto que finalmente lo llevó a las postrimerías, vino después de una caminata al regresar a casa. Ya no se levantaría. Fueron difíciles los días finales, pero, igual, no se quejó y sí, en algunos destellos de conciencia, intentaba mirar con sus ojos grandes como comunicando cercanía.

Esta despedida y lo que experimenté ayer durante la velación al hablar con tanta gente que lo conoció -exalumnos, compañeros de trabajo, familiares y amigos me hacen evocar un bello poema escocés, de David Harkins, muy apropiado para este momento:

Puedes llorar porque se ha ido, o puedes
sonreír porque ha vivido.
Puedes cerrar los ojos
y rezar para que vuelva o puedes abrirlos y ver todo lo que ha
dejado;
tu corazón puede estar vacío
porque no lo puedes ver,
o puede estar lleno del amor
que compartisteis.
Puedes llorar, cerrar tu mente, sentir el
vacío y dar la espalda,
o puedes hacer lo que a él le gustaría:
sonreír, abrir los ojos, amar y seguir.

Quiero expresar mi especial agradecimiento a quienes nos han acompañado hoy en esta celebración de la vida del Hno. Isidoro y de su pascua a la eternidad. Mi gratitud al Hno. Gustavo Salazar, a nuestra Comunidad de la Casa de Bienestar, al equipo de enfermería de Fusagasugá, al Equipo médico de la Clínica Marly, a Mery Avendaño quien estuvo con total dedicación a su lado durante estas dos semanas de hospitalización, a la familia Cruz Rodríguez, al Hno. Gregorio y al Coro de la Escuela Tecnológica y la Banda de Honor, a los sacerdotes celebrantes, Padres Carlos, Juvenal, Leonardo, Miguel y Edgar, a los Hermanos que estuvieron cerca y preocupados por su salud, a la Universidad de La Salle, a todos los exalumnos del ITC, amigos y amigas que con tristeza pero con eterna gratitud hoy nos reunimos para despedir a la Vida de Dios en plenitud.

Que el Señor a todos los bendiga y que la pascua del Hno. Isidoro logre bendiciones para su familia, sus exalumnos, y para las vocaciones lasallistas.

Hasta cuando Dios quiera reunirnos juntos, mi Hermano, feliz viaje, muchas bendiciones.

Carlos G. Gómez Restrepo, fsc